domingo, 16 de septiembre de 2012

Lautaro y el reloj solar - Itaú en el Aula: profesores 2012

Lautaro y el reloj solar - Itaú en el Aula: profesores 2012


I

Siempre esta allí, él estaba mirando, parado, en el centro de ese patio, el Mariano Moreno, donde la magnitud de ese punto lo deslumbraba, era su lugar de descanso en el Colegio.

Era el profesor Da Silva, que contemplaba en el pasar de las estaciones, en los pequeños recreos que teníamos durante un lustro, aunque él llevaba varias décadas, donde el tiempo sentenciaba su paso en sus marcas.

Ese reloj, que según indicaba Da Silva, es un reloj solar, que por su estilo, era utilizado por los pueblos originarios en las tierras americanas.

Decía siempre, que así como las columnas del Templo del Rey Salomón podían indicar los equinoccios en los ritos solares, el desplazamiento de la sombra de esa punta podía guiar el comienzo del día y el inicio de las noches.

En ese patio, cotidiano del Nacional, siempre esta él, el profe de Historia que nos contaba esas historias,  y donde teníamos el privilegio de tener un mismísimo reloj solar en el corazón de nuestros descansos.

Con café en mano, que terminaba sincronizadamente en el momento en que el timbre lo reclamaba en las aulas, parecía inspirarse para volver con sus aventuras, como la del Legado de Moreno.

II

De repente, ese reloj estaba, pero ya no el patio, es más, ahora todo era naturaleza. El colegio ya no estaba, y sólo se veía un horizonte árboles.

En ese medio de la nada, irrumpió un joven, de pocas ropas, pero robusto, quien arengaba a todo un pueblo que lo seguía.

- “Yo, Lautaro, convoco a mi pueblo, a luchar por la libertad, contra la opresión de los invasores”, les decía a sus seguidores.

Con esa arenga, recibía el clamor de una muchedumbre, compuesta de niños, jóvenes, adultos y ancianos; que parecía sumarse a ese grito de libertad.

- “Según marca el reloj, estamos unidos todos, y cuando el Sol nos indique un nuevo día, en el paso por el centro del día, saldremos a defender nuestra vida”, gritó el autonominado Lautaro.

Así, desde la guerra, este joven condujo a su pueblo en busca de la paz, dejando un legado.


III

De repente, esa naturaleza se perdía, y Lautaro se iba con su pueblo, pero ahora el centro era un piso ajedrezado.

En el centro, había un banco, con un libro abierto, donde reposaban un compás y una escuadra, todo el revestir de una logia masónica.

Alrededor, unos hombres, vestidos de levita, que se movían solemnemente.

Decían ellos: -  “el legado de Lautaro es nuestra orientación, nuestro Plan”

- “la libertad de América se inspira en la lucha del paisano Lautaro”, gritó uno de ellos.

- “ese es el camino, Hermano Inaco” gritaban todos.

Esos pujantes hombres parecían decididos a todo. Voraces libertarios que seguían un ritual.

- “Porque como indica el plan, cruzaremos las montañas llevando la libertad a nuestros hermanos en Chile”, alegó uno de ellos.

- “Y seguiremos al Perú” reafirmó ese hombre, quien perecía llamarse Inaco.

- “Tal como nos indica, iremos cuando muestre sus sombras” reafirmó otro, señalando el reloj solar.

- “Juremos todos seguir ese camino, retirémoslos en paz”, sentenció el tal Inaco.

IV

Cuando todo parecía extraño, volvió la normalidad, sin embargo no era normal. El patio estaba, también el reloj, que resguardaba los discursos de unos alumnos en asamblea.

Sus vestimentas eran raras, sus peinados más. Camisas con arabelos, rulos largos y jeans elefantados.

- “Tenemos que resistir a esta dictadura que derrocó al gobierno constitucional”, gritaba una alumna, que destacaba entre los varones.

- “Claro, Franca tiene rezón”, gritó uno de ellos en la asamblea.

- “Gracias, Lautaro!”, devolvió gentilezas esta chica, llamada Franca. “Estamos así, desde el 24 de marzo, tenemos que reestablecer el gobierno nacional y popular”, sentenció.

- “Hoy, 25 de junio, comenzaremos a cambiar la historia”, gritó Lautaro, mirando con un tono de amor a Franca.

Sin embargo, de repente, todos se dispersaban corriendo, gritando. Unos hombre irrumpían en los claustros. Llevándose a todos, y todas, entre ellos a Franca.

En ese momento, cuando el reloj solar sombreaba las cinco de la tarde, fue la última vez que Lautaro la vio…


V

- “Lautaro!, Lautaro Otero!, qué hace?”, increpó el Prof. Da Silva, que despertaba a su alumno.

- “Lautaro, despertate!”, codeó un alumno a su compañero, que había comenzado a roncar.

Con cara de somnolencia, Lautaro se despertó en el aula increpado por su profesor.

- “Disculpe profe, me quedé dormido”, disculpó Lautaro.

- “Qué pasa, mis clases lo duermen, Otero?”, lo cuestionó el profesor.

- “No profe, me hacen soñar”, sonrió acompañado por sus compañeros.

Con ese incidente, el Profesor Da Silva, siguió sus clases, donde el reloj solar marca la historia y Lautaro es protagonista.

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Ricardo Romero

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